Los testigos que no pueden quedarse parados.

Publicado: 31 mayo, 2014 en Reflexiones

jesusLa Ascensión del Señor abre el siguiente ciclo, cuyo protagonismo lo tiene el Espíritu Santo y la actividad misionera de la Iglesia.

Es el tiempo de la misión y del Espíritu Santo que sigue siendo un tiempo de aprendizaje y profundización, en el que la Iglesia irá perfilando el contenido del mensaje recibido de Jesús, y también la organización de la comunidad.

La Ascensión del Señor: es una llamada a crecer, a no quedarnos parados, a aspirar a los bienes superiores que Jesús ha descubierto para nosotros. La aspiración a esos bienes superiores no es una quimera, una utopía inalcanzable, un sueño de adolescentes sin sentido de la realidad. Son posibles en Cristo. Son posibles si nosotros mismos estamos dispuestos, como Jesús, a dar la vida por hacerlos realidad.

Así pues, Jesús nos invita a crecer y nos muestra el camino. Él mismo es realmente el camino, pues es siguiéndole a Él como el hombre puede hacer fructificar sus posibilidades mejores.

Jesús no asciende para alejarse, para abandonarnos. Al contrario, al subir al Padre, Jesús está abriendo el camino, uniendo el cielo (Dios) con la tierra. Vuelve al Padre porque es Hijo, pero vuelve al Padre como hombre, abriendo así para todos el acceso a Dios.

El compromiso de Jesús no lo es sólo con “los suyos” (los discípulos de primera hora), sino que estos últimos son heraldos y testigos que no pueden quedarse para sí los admirables misterios que han conocido y experimentado en el periodo entre la Resurrección y la Ascensión: no pueden quedarse ahí, parados, mirando al cielo, sino que tienen que ponerse en camino. Crecer (ascender) significa también caminar, mirar hacia adelante, encarar el futuro, para testimoniar, compartir y transmitir a todos los hombres, a todos los pueblos, y a lo largo de toda la historia la buena noticia de que Dios está con nosotros, de que no nos ha arrojado a la existencia y luego nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que ha venido a visitarnos, se ha compadecido de nosotros, ha padecido por nosotros y ha vencido en su propia carne y por todos nosotros a nuestros grandes y mortales enemigos: el pecado y la misma muerte, y de esta manera nos ha abierto el camino que conduce al Padre.

Ese ir por todas partes, hasta los confines del mundo y hasta el final de la historia, es la tarea de los discípulos de Jesús, es, en realidad la tarea del mismo Cristo, que nos envía allí a donde quiere ir él mismo (cf. Lc 10, 1), y que al enviarnos sigue siendo guía y camino.

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