Vivimos a imagen de la Trinidad cuando tratamos de reproducir en nuestra vida esa misma medida de amor.


 

Reflexión para el Evangelio del domingo (fiesta de la Santísima Trinidad):

Sin título

Al pensar en el misterio de la Santísima Trinidad puede embargarnos la idea de que para entender algo al respecto se necesitan gruesos volúmenes de densa teología, accesible sólo para grandes especialistas. Y, sin embargo, Dios no es “problema” que requiera una solución con la fuerza de nuestra razón. Los gruesos volúmenes de teología para especialistas también son necesarios. Sólo que tampoco ellos son suficientes si no van precedidos con la fe. Lo que nos dice Dios de sí mismo está admirablemente resumido en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” El misterio de la Trinidad, esto es, de la vida interna de Dios, es un misterio de amor, y de un amor extremo, difícil de comprender, porque es un amor hasta la muerte, pero que salva y da vida, y una vida plena, que es lo que significa la vida eterna. entrega es la esencia misma de Dios, de modo que ya su vida interna consiste en ese entregarse mutuamente en amor puro. Esto es, comprendemos que la vida interna de Dios es relación, comunicación y, por eso, diferencia personal y, al mismo tiempo, perfecta unidad. Eso es el amor: unidad en la diferencia, relación que supera la diferencia pero sin anularla.
Un Dios único pero habitado interiormente por relaciones personales de mutua entrega y amor es un Dios que tiende a expresarse, a revelarse, a darse personalmente, y, al hacerlo, no sólo no nos somete a la condición de siervos, sino que, al contrario, nos libera, nos pone a su nivel, pues ya en la encarnación se ha puesto Él al nuestro: “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo” (Flp 2, 7), de modo que nos convierte en amigos: “no os llamo siervos…; os llamo amigos” (Jn 15, 15); y hermanos suyos: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).

Y nosotros, alcanzados por ese amor y esa vida, vivimos a imagen de la Trinidad cuando tratamos de reproducir en nuestra vida esa misma medida de amor. Cuando acogemos esta revelación de Dios y participamos de este modo en la misma vida divina, que se sustancia en el mandamiento del amor, se nos iluminan todas esas expresiones que continuamente escuchamos y decimos en nuestra oración: “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, que “os bendiga Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”

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