Hacer la alianza con Dios

Publicado: 20 marzo, 2015 en Noticias, Reflexiones

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Reflexión para el Evangelio del domingo.

“Haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva”. La primera alianza estaba escrita en tablas de piedra, mientras que la segunda está grabada en los corazones. “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”, la nueva alianza nos transforma en pueblo. La nueva alianza que nos propone Dios a través de Jeremías, es la muerte del Hijo, entregado a la tierra como un grano de trigo, de su muerte nacerá la vida. La nueva alianza es Jesucristo. Nos situamos en las puertas de la Semana Santa donde se nos presenta primeramente una actitud que tenemos que tener antes las fiestas que se nos avecinan; esa actitud es la búsqueda. “Quisiéramos ver a Jesús”, el ser humano es un ser que busca: belleza, felicidad, amor, sentido, esperanza, respuestas, plenitud, verdad. Hay muchas ofertas. La de Jesús es la cruz: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”, lo suyo es ser grano de trigo, no amarse a sí mismo, ser servidor.
No se asemeja mucho a lo que quieren oír las gentes, por eso hablamos del misterio Pascual. Quien sólo piensa en sí mismo está equivocado, quien piensa la vida como una realidad que afecta a todos y en la que estamos embarcados de modo comunitario, está en lo cierto. Quien se encierra en sí mismo y se sirve de los demás se frustrará, quien piensa en los demás y busca el modo de ayudarles, ese encontrará lo que buscaba. Es una respuesta paradójica no basada en la fuerza del poder, sino en la fuerza del amor y en la debilidad de la muerte: “si muere, da mucho fruto”. Aquí la muerte no es la negación de la vida.
Se ha roto la separación entre Dios y el hombre, se crea una nueva alianza. La gloria de Dios ya tiene un nuevo templo donde estar: el amor y la vida.
Celebrar la Semana Santa, hacer la alianza con Dios, estar en búsqueda, renacer a la vida nueva, es el fruto de nuestra propia muerte, de una renuncia total a un modo de existencia basado en el egoísmo (amar la propia vida) para comenzar a andar por el camino de la entrega total (perder la vida). Como Jesús, también nosotros a menudo tendremos la tentación de decirle a Dios: “¡Líbrame de esta hora!”. Pero también como él tendremos que afirmar de inmediato: si para esto he caminado toda mi vida, he buscado, para esto he nacido: para que el amor resplandezca en mi vida. Esto es lo que celebramos comunitariamente todos los días en la Eucaristía.

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