El padre de los niños olvidados.


rios

Un testimonio de nuestro hermano claretiano chileno, del padre Hugo Ríos, que apareció en el “Mercurio Mobil”.
Mira también el VIDEO en la parte lateral de nuestra página.

El sacerdote chileno Hugo Ríos vive hace 37 años en la República Democrática del Congo. Allí se dedica a cuidar niños abandonados a su suerte, en un hospital que él mismo creó.

Tamara llegócasi muerta.

A fines de abril, una monja vino con una niña que parecía esqueleto al hospital pediátrico de Kimbondo, un empobrecido barrio agrícola de Mont Ngafula, una comuna a 30 kilómetros al sureste de Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo.

La niña tenía 2 años, pero su cuerpo parecía de 10 meses. La desnutrición, la anemia, los parásitos y las llagas que cubrían su piel oscura habían roído su cuerpo y su ánimo. Apenas sostenía su mirada. Tampoco lloraba. La religiosa congoleña la traía desde un orfanato para entregarla: en su institución, explicaba la mujer, ya no podían cuidarla ni alimentarla. Los médicos de inmediato llamaron al director de Pediatría para que se hiciera cargo. Conocían el proceso: recibir niños abandonados es algo que hacen desde hace décadas.

En las semanas previas a la llegada de Tamara, la Pediatría de Kimbondo recibió cuatro niños en similares condiciones. A Cristina y Marc los habían traído desde orfanatos de otros sectores de Kinshasa. Emanuelle y Menge fueron dejados por sus padres en las salas del hospital. Todos se quedaron en la Pediatría, que también tiene hogares-orfanatos con más de 450 niños y adolescentes que fueron arrojados a su suerte. Todos cargan con enfermedades como drepanocitosis -un trastorno hereditario predominante en África que daña los vasos capilares y que afecta los riñones, el cerebro, los huesos y otros órganos-, tuberculosis, malaria o tienen problemas mentales o psicomotores. El VIH corre por la sangre de muchos, sin contar quienes ya han desarrollado el sida. Otros fueron abandonados porque los acusaron de ser “niños brujos”, de ser ndoki. Aquí, como en algunos otros sectores de África Central, existen familias que tildan de malditos a sus hijos enfermos o culpan al menor del grupo si sobreviene una muerte, un problema económico o cualquier otra crisis. Dicen que está embrujado y lo echan de su casa.

-Eso sucedió con Tamara. Su familia la abandonó y dejó de alimentarla. La olvidaron.

El sacerdote claretiano Hugo Ríos es el director y fundador del Hospital Pediátrico de Kimbondo. Este hombre de 67 años, nacido en Chile, formado como pediatra en una universidad de Córdoba, Argentina, y que a comienzos de los 80 llegó destinado por su congregación al África, tomó a la niña y la llevó al sector de neonatología. La bautizó como Tamara (las monjas del otro orfanato la llamaban Life) y la inscribió ante las autoridades locales con su apellido.

-Era la única forma para que existiera dentro del sistema.

Desde que en 1989, Hugo Ríos arribó a lo que entonces era un sitio descampado en las afueras de Kinshasa para iniciar su pediatría-orfanato, ha inscrito centenas de niños con su apellido. Esta tarde de comienzos de junio, mientras sostiene a Tamara en sus brazos en el sector destinado a los niños menores de 5 años, dice:

-Los niños llegan sin papeles, muchos ni siquiera han sido inscritos y buscar sus orígenes es una pérdida de tiempo, lo que importa es salvarlos.

En las cunas que rodean a Tamara, los niños apenas se mueven:

-Este es otro mundo.

La República Democrática del Congo es inescrutable. Es un país que apabulla. Un territorio gigantesco: es la segunda nación más extensa de África. Aquí viven cerca de 80 millones de personas. Aquí, las palabras pobreza, inseguridad y miedo aparecen con facilidad. Aquí se cree que se originó el sida y el ébola. Aquí, la violencia es algo concreto.

Este país -que fue colonia belga y que logró su independencia en 1960- ha sorteado gobiernos dictatoriales y guerras. Primero debió liberarse del dominio colonialista belga. En realidad, de su rey, Leopoldo II, quien a fines del siglo XIX tomó esta nación a beneficio personal y es considerado uno de los mayores genocidas de la historia: durante su mandato murieron cerca de 15 millones de esclavos que estaban a su servicio. Tras su independencia, vino un período de inestabilidad política hasta que en 1965 el gobierno del entonces Congo belga pasó a manos de Mobutu, un dictador que cambió el nombre del país por el de Zaire y estuvo durante tres décadas en el poder. En 1996 estalló la primera guerra del Congo y un año más tarde, las fuerzas rebeldes lideradas por Laurent-Desiré Kabila (quien asumió como Presidente) derrocaron el antiguo régimen. Luego vino la segunda guerra del Congo, una de las más violentas del siglo XX: los muertos se calculan entre 6,5 y 9 millones de personas. En este conflicto intervinieron otras naciones africanas. Unas, apoyando al nuevo gobierno. Otras, a los grupos rebeldes.

Hoy, el gobierno está en manos de Joseph Kabila, quien heredó el cargo de su padre, asesinado en 2001. La inestabilidad se mantiene. Por una parte, está el deseo del Presidente de perpetuarse en el poder. Por otra, están los focos de guerras que se mantienen en las provincias del este, que son ricas en minerales. En esas zonas hay grupos de guerrilleros que se pueden dividir en dos categorías. Unos utilizan el sector como base para atacar a los países vecinos: Uganda, Ruanda y Burundi. Los otros, asegura un informe de la ONU, resguardan la extracción ilegal y el contrabando de minerales. Este año, en la región central del Congo, fue asesinada por milicianos la abogada chileno-sueca Zaida Catalán, quien investigaba violaciones a los derechos humanos para la ONU.

Este país es el mayor productor mundial de cobalto y tiene grandes depósitos de cobre y diamantes. Posee 80 por ciento de las reservas de coltán del mundo, un elemento imprescindible para dispositivos como celulares, GPS, pantallas de plasma o computadores. Esa riqueza no sirve. Según la ONU, este es el tercer país más pobre del mundo: 77 por ciento de la población vive en la miseria. La esperanza de vida es de 51 años para las mujeres, y 47 para los hombres. La malnutrición crónica afecta a más de seis millones de niños. La tasa de mortalidad infantil es de 19 por ciento.

Hugo Ríos aterrizó aquí en 1981, cuando el país aún se llamaba Zaire. Vivió la transición y la guerra en su momento más crudo. También la expansión del sida. Desde entonces, repite, ha visto morir a miles de niños.

-Cuando uno se muere, yo lo acompaño. No me gusta que mueran en soledad. Los médicos saben que tienen que avisarme. No importa la hora, yo salgo y los acompaño hasta que llega el momento.

Hace dos meses se quedó cerca de Rith, una joven epiléptica que murió de drepanocitosis y que recibió recién nacida, cuando la acusaron de estar maldita.

-Uno jamás se acostumbra a esto.

Hugo Ríos Díaz recibió la orden para irse a África a mediados de 1980, mientras estaba a cargo de la formación de seminaristas en Gran Avenida y era párroco de la Parroquia Inmaculada Concepción de Maipo.

-Cuando me dieron esta orden ni siquiera lo dudé. Dejé mis cosas y partí. Yo sabía que era un misionero, un cura errante.

Tres años antes había regresado a Chile, tras haber sido ordenado sacerdote misionero en la orden claretiana de San José del Sur, en Córdoba, Argentina, en 1976. Hugo Ríos cuenta que nació en Puente Alto y fue criado por unos tíos maternos. Luego de ingresar a un seminario en Talagante se trasladó a Argentina para unirse a los claretianos cuando tenía 18 años. En la Universidad Nacional de Córdoba estudió teología y filosofía, además de medicina. En su tercer año de universidad, dice, empezó a hacer talleres con los hijos de prostitutas de las villas miseria y creó un asilo para estos niños.

Su primer destino en África fue Camerún. En medio de la selva, sus misiones eran varias: trabajar con enfermos de lepra y malaria, y capacitar a sacerdotes y misioneros europeos y africanos que se destinarían a África Central.

-Existía la idea de que América Latina era una síntesis entre África y Europa, que un misionero latinoamericano podía explicar las realidades de este continente… Pero las culturas africanas, su visión del mundo y sus realidades históricas, no son tan sencillas de entender y explicar a quienes vienen de Occidente.

-¿A usted le fue difícil hacer ese cambio?

-Sí, pero yo tenía 30 años y una mentalidad más abierta. Me propuse insertarme en su mundo sin juzgar, dejar Chile, Argentina, las ideas de Occidente atrás. Fue difícil. El problema grande después era hacerles entender a los europeos que no se lavaran cuando se acercaban a los niños o la gente. Yo no los cuestionaba, pero ellos me pedían disculpas.

Durante casi una década formó misioneros en países como Nigeria o Guinea Ecuatorial, pero siempre se centralizó en el entonces Zaire. Además, viajó a Italia, donde tomó un curso de especialización en enfermedades tropicales.

En la Universidad de Siena conoció a la neumonóloga Laura Perna, quien a los 60 años, luego de jubilarse, vendió todas sus pertenencias y se fue a África para acompañarlo en la creación del Hospital Pediátrico de Kimbondo. Mama Koko, como la bautizaron los congoleños, partió con el padre Ríos, creando un dispensario de medicamentos bajo una pallota(una choza de ramas y palmas) en un sitio baldío donde hoy está el hospital. De ese lugar descampado queda poco. Hoy, semanalmente reciben más de 200 personas, sin contar las que son internadas para seguir tratamientos o darles mejor muerte. El recinto, que ocupa un enorme terreno custodiado por policías, tiene un laboratorio de exámenes, un banco de sangre, servicio de radiología, una farmacia y sectores para cardiología, tuberculosis y VIH-sida, entre otros. La diferencia con los hospitales dependientes del gobierno, es que la atención es totalmente gratuita.

Mama Koko murió en septiembre de 2015. Tenía 95 años. La llamaban “la madre Teresa del Congo”.

-Juntos hicimos todo esto y juntos pasamos por cosas muy fuertes. En la época más dura del conflicto entre Mobutu y Kabila padre, llegaban los hijos de las familias muertas en el conflicto. Incluso nosotros, en un momento, tuvimos que escondernos en un convento, porque se tomaron este barrio… entonces, se nos murieron muchos niños -dice Hugo Ríos.

El misionero se encuentra sentado bajo el cobertizo de una habitación que enfrenta la entrada de autos del hospital y que está en el camino que va a los hogares donde viven los niños. En esa habitación murió Mama Koko.

En sus orígenes, el hospital solo pretendía dar servicios de salud, pero hicieron el orfanato cuando aparecieron los niños abandonados. Hugo Ríos los enumera: muchos sobrevivientes de familias completas que murieron de sida, los niños brujos que llegaban y siguen llegando en condiciones lamentables, porque sus padres acostumbran llevarlos con pastores de sectas religiosas para que les practiquen exorcismos.

-La sociedad aquí es profundamente religiosa, pero cada vez son muchos los que tienden al animismo que es fomentado por la llamadas églises de réveil, cultos que potencian creencias como que las enfermedades o las muertes son producto de un mal o maldición que les come el espíritu. Se aprovechan de la pobreza y la ignorancia. Eso sucede cada vez más en las ciudades grandes como Kinshasa, donde todo es despersonalizado, pero ocurre en el campo, donde aún se mantiene el concepto de clan, de tribu, de familia.

Cae la tarde. Brisa húmeda. Hay 23 grados Celsius. Los mosquitos sobrevuelan. El padre Ríos toma un descanso en una silla, al costado del dispensario farmacéutico. Los graznidos de cuervos y los cantos de pájaros tropicales se mezclan con la voz de Andrea Bocelli, que reproduce en un antiguo equipo musical. A su alrededor hay una decena de niños que escuchan la música. Uno de ellos sonríe, pero tiembla.

-¿Boni? ¿Nini? -pregunta el sacerdote en lingala (lengua bantú que predomina en gran parte del país).

Las palabras significan: ¿Estás bien?, ¿qué pasa?

El niño se llama Josh Ríos, de 14 años, tiene vendajes en sus pies, camina trabajosamente con muletas y solo sonríe. El sacerdote comenta que tiene una drepanocitosis muy avanzada, que sufre grandes dolores, que se ha operado tres veces y que si tiene suerte podría vivir hasta los 20 años.

En una muralla que se extiende a sus espaldas hay fotografías de distintas épocas de la Pediatría, un retrato de Mama Koko y una imagen del Papa Francisco.

-¿Usted tiene relación con la curia eclesiástica?

-Solo con mi congregación. Como llevo más de 30 años aquí, ellos confían en mi trabajo.

-¿Y con la iglesia de la República Democrática del Congo?

-Un poco, pero no mucha… Ayuda económica de ellos no tenemos, por ejemplo. Tampoco del gobierno. Pero lo bueno es que nos dejan hacer nuestra labor con tranquilidad… Mantener esto es un milagro.

El padre Ríos se levanta todos los días a las cinco de la mañana, escucha las noticias de Radio Francia Internacional, visita todas las instalaciones de la Pediatría y las ocho casas donde viven los niños, que están separados por edades y cuando se convierten en adolescentes, por sexo; además de un sector especial para los niños con epilepsia y problemas mentales. Durante su jornada, Ríos se reúne con los médicos y voluntarios que trabajan allí (entre los cuales hay dos chilenas). También saca cuentas: mantener a cada niño significan 25 dólares mensuales, sin contar con los salarios de los médicos, del personal de ayuda y los insumos del hospital.

-Dependemos de la ayuda internacional. Hay fondos que provienen de Italia, de Alemania. Además, de mucha ayuda de gente anónima de este país y de otros lugares. El apoyo llega de todas las formas posibles.

Esta mañana, la dueña de un supermercado de Kinshasa les envió alimentos. Ayer, un basquetbolista congolés que milita en un equipo de la NBA llegó con ayuda. Dos días atrás, una orquesta dirigida por el director español Iñigo Pirfano interpretó la Novena sinfonía de Beethoven para los niños del hogar.

Hay centros médicos en Italia que costean viajes y operan en Milán o Siena a niños en situación crítica. Asimismo reciben médicos de todo el mundo, incluso chilenos, que vienen a trabajar como voluntarios. Además, hay un grupo de feligreses de Maipo, en Chile, que realizan actividades y les envían dinero.

-¿Ese es su contacto con Chile?

-Sí, el poco que me queda. No viajo desde hace 10 años; trato de mantenerme informado, pero es un mundo cada vez más lejano. Yo me siento cada vez más africano. Llevo 37 años de mi vida aquí.

-Podrían criticarle que está en África, viniendo de un país de Latinoamérica, donde hay muchas necesidades.

-Mi respuesta es la misma siempre: “Tenemos que dar desde nuestra pobreza, no desde nuestra riqueza”.

En la muralla que hay detrás de su espalda hay una noticia que lo muestra recibiendo el Premio Internacional Giorgio La Pira de la Paz, la Cultura y la Solidaridad, en 2010 (que en su momento recibieron la Madre Teresa de Calcuta y el activista argentino Adolfo Pérez Esquivel, los dos honrados además con el Premio Nobel de la Paz). El recorte lo pegó una de las voluntarias y cuando se lo mencionan no profundiza.

-Yo no pienso en mi futuro ni en mis triunfos. Yo no hago ayuda social, este es mi trabajo.

Patrick Nkoyintashi es el médico encargado de la sección Tuberculosis y VIH-Sida de la Pediatría. Tiene 40 años y fue abandonado en la Pediatría de Kimbondo. El padre Ríos, al igual que a otros niños que han llegado a la universidad, le pagó los estudios.

El doctor Nkoyintashi es una de las manos derechas del padre Ríos. Ahora lo visita para contarle que llegó un niño del barrio Telecom, una colina cercana al hospital, que viene con una tuberculosis avanzada y que heredó el VIH de su madre. El médico le explica que el muchacho dejó de tomarse los medicamentos que le daban en la pediatría y que su abuelo, quien ya enterró a los padres del niño del mismo mal, cree que ocurrirá lo mismo.

El sacerdote no dice nada. Se levanta de la mesa donde revisa unos papeles y lo sigue. En el camino vuelve a murmurar algo que repite siempre:

-Uno jamás se acostumbra a esto.

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